El PIB sube. El empleo no. La métrica que gobernó el siglo XX empieza a romperse.
Ken Griffin, fundador de Citadel —firma con 270 doctores y salarios medianos de 500.000 dólares anuales para ingenieros de software— declaró en enero que el output de IA era ‘basura’. En mayo, tras ver agentes de IA completar en horas trabajo que tomaba semanas a sus mejores empleados, dijo que volvió a casa deprimido. Meta elimina 8.000 puestos mientras duplica inversión en IA. Block recorta 4.000. Standard Chartered anticipa 7.000 roles menos antes de 2030.
El desacople entre crecimiento económico y bienestar laboral —que la pandemia insinuó y la desigualdad aceleró— está adquiriendo una forma estructural: la IA permite que las empresas crezcan en productividad y beneficios sin necesitar más trabajadores. El PIB como indicador de salud económica fue diseñado en los años 30 para medir una economía donde capital y trabajo crecían juntos. Esa suposición está dejando de ser verdad.
Durante décadas, dos tercios del ingreso nacional fluían hacia los trabajadores; el tercio restante, hacia los propietarios del capital. Esa proporción no era una ley natural: era el resultado de una estructura tecnológica donde producir más requería contratar más. La IA rompe esa ecuación sin anunciarlo. Un economista del Roosevelt Institute ya advierte que puede ser necesario desechar los libros de texto de Economía 101, no porque el modelo esté desactualizado, sino porque sus supuestos fundacionales ya no describen la realidad. La próxima recesión podría no parecerse a ninguna recesión anterior: PIB en alza, desempleo en alza, y ningún nombre todavía para llamarla.
Los sistemas educativos, las instituciones de formación y los gobiernos de Iberoamérica siguen diseñando políticas de empleabilidad y currículos bajo el supuesto de que el crecimiento económico genera absorción laboral. Si ese supuesto colapsa, cada decisión tomada hoy sobre qué enseñar, a quién y para qué mercado, estará calibrada contra una realidad que ya no existe.
