El ejecutivo que forman las universidades y el propietario que el mercado necesita: la brecha que una escuela decidió hacer visible
En 2018, el emprendedor brasileño Álvaro Schocair visitó Babson College en Boston y regresó con un diagnóstico incómodo: las facultades de negocios en Brasil forman ejecutivos, no dueños de empresas. Tras casi dos años de investigación junto a la economista Luiza Azevedo, fundó en agosto de 2020 la Link School of Business en São Paulo, con 50 alumnos y una estructura diseñada sin vestibular tradicional, con aulas en Stanford, experiencias en Disney, Tel Aviv, Wharton y Xangai, y un fondo de venture capital propio que financia startups de sus estudiantes. En 2024, la institución alcanzó 700 alumnos y lanzó la Link School of Tech.
Esto no es una historia de emprendimiento educativo. Es la evidencia de que el contrato implícito entre universidad y mercado —el diploma como pasaporte al empleo— ya no describe la realidad que el mercado exige. Lo que Schocair detectó en Babson no fue un modelo pedagógico distinto. Fue un sistema diseñado para producir un tipo diferente de agente: alguien que decide bajo riesgo, no alguien que ejecuta bajo instrucción.
El sistema universitario tradicional fue diseñado para producir talento predecible: personas que ingresan a estructuras ya existentes, ocupan roles definidos y gestionan dentro de márgenes conocidos. Pero el mercado —especialmente en economías emergentes con alta informalidad y densidad emprendedora como Brasil— opera cada vez más sobre individuos que deben crear estructura, no habitarla. La brecha no es metodológica: es ontológica. No se trata de añadir más casos prácticos al currículo. Se trata de para qué tipo de agente se está formando. Que el 28% de los alumnos de Link ingrese con empresa propia no es un dato anecdótico: es el síntoma de una demanda que las instituciones existentes no podían satisfacer y que el mercado terminó resolviendo por su cuenta.
Lo que está en juego no es la competitividad de una escuela frente a otra. Es la pregunta de quién decide qué tipo de ciudadano económico produce el sistema educativo formal. Cuando una institución alternativa debe existir para formar a quienes van a tomar riesgos reales, el sistema oficial ha delegado —sin decidirlo explícitamente— la formación de los agentes que sostienen la economía productiva. La capacidad de decidir bajo incertidumbre, de asumir responsabilidad patrimonial, de crear donde no hay estructura previa: estas no son competencias que se pierden porque no se enseñan. Se pierden porque el sistema premia activamente lo contrario. Y esa es una decisión institucional, aunque nadie la haya tomado conscientemente.
Delegación invisible de responsabilidad institucional
Desacople entre perfil graduado y agente económico requerido
El mercado como corrector de lo que el sistema no decidió