Cada año, decenas de miles de estudiantes de todo el mundo prueban suerte en un camino que a muchos se les antoja imposible de recorrer: conseguir plaza en una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos y, por extensión, del mundo. Son Stanford, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y el selecto grupo Ivy League (que incluye a Harvard y Yale). De media reciben por curso casi 38.000 solicitudes cada una y los porcentajes de admisión oscilan entre el 4% y el 7%. Pero si ese dato sirve como una prueba de la calidad de su educación, hay otra universidad que les ha tomado la delantera. Se llama Minerva y este curso tan solo ha aceptado al 1,2% de los 23.000 alumnos que solicitaron plaza, 1.300 más que en el MIT. El centro, que reduce a la mitad el coste de estudiar en una de estas universidades, está revolucionando la oferta universitaria de EE.UU. y pretende demostrar que una educación de élite no es sinónimo de una educación para los más ricos.

El proyecto Minerva, que en 2012 consiguió 25 millones de dólares en financiación del fondo de inversión Benchmark Capital, arrancó en 2014 con apenas 69 alumnos y entre dudas por lo desconocido y singular de su propuesta. Para empezar, en las pruebas de acceso no se tienen en cuenta los resultados del SAT (el equivalente a la selectividad en EE.UU.), sino que han diseñado su propio proceso de admisión para seleccionar a estudiantes con el mérito como único criterio. Tampoco hay campus. Los alumnos comienzan su andadura de cuatro años en San Francisco, donde viven en una residencia común con el resto de compañeros y asisten a las clases interactivas de forma virtual (aunque niegan ser una universidad online). Después, cada semestre viajan y viven en otros seis países y ciudades diferentes: Buenos Aires (Argentina), Londres (Reino Unido), Berlín (Alemania), Hyderabad (India), Taipéi (Taiwán) y Seúl (Corea del Sur).

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