Por qué necesitamos una “buena” identidad digital

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Toda nueva tecnología tiene sus inconvenientes. Basta pensar por ejemplo en algo de uso tan difundido como el GPS. Gracias a las aplicaciones de navegación satelital, los usuarios de telefonía móvil solo se pierden si así lo quieren. Sin embargo, la capacidad de rastreo y vigilancia han generado una profunda preocupación en cuanto a temas de privacidad.

La identidad digital, es decir, la versión digitalizada de una identidad legal, no es la excepción. Habiéndose perfilado rápidamente como una solución para lograr una mayor inclusión económica, política y social, la identidad digital encierra un gran potencial de crecimiento económico inclusivo. Encierra asimismo los riesgos de que se le dé un uso inadecuado. Un gobierno podría utilizarla, por ejemplo, para acaparar control político y social, en tanto que una empresa privada podría tratar de influenciar a los consumidores de manera que ni entenderían ni considerarían aceptable.

Si bien hace tiempo pudo haber parecido una quimera, la identidad digital es hoy una realidad. El programa Aadhaar en India ha puesto a disposición de más de mil millones de personas una modalidad de identidad digital. En Estonia, los ciudadanos disponen de una tarjeta de identidad nacional que les permite obtener servicios públicos y privados en línea, mientras que otros países están experimentando con programas comparables.

La identidad digital segura será más importante que nunca conforme el precio de los teléfonos inteligentes y de los lectores ópticos siga disminuyendo, la infraestructura de Internet siga creciendo en economías emergentes y un mayor número de consumidores y servicios gubernamentales se inclinen por opciones en línea. La identidad digital facilitará las transacciones económicas, la interacción social y la participación política. Es por tanto imperativo que lo hagamos bien.

En McKinsey Global Institute, con el apoyo y la asesoría del PNUD, estudiamos qué es una “buena” identidad digital y cuantificamos los beneficios para las personas, las empresas y los gobiernos. Lo que descubrimos podría resultar sorprendente. Cuando se diseña con cuidado, la identidad digital puede permitir a las personas participar más de lleno en la economía y la sociedad como consumidores, trabajadores y ciudadanos, beneficiándose directamente y beneficiando a las empresas y las agencias gubernamentales con las que interactúan.

Sin embargo, ¿qué significa una buena identidad digital y cómo funciona? A diferencia de una identificación impresa, como la mayoría de las licencias de conducir y pasaportes, la identidad digital puede verificarse remotamente y, con frecuencia, a un costo menor.

Asimismo, los atributos de una buena identidad digital, creada y utilizada con el consentimiento del titular, promoverán la confianza y protegerán la privacidad.

Una buena identidad digital funciona ofreciendo valor a las personas en sus interacciones con empresas y gobiernos, ya sea como consumidores, trabajadores, microempresarios, contribuyentes o beneficiarios. Podría asistir en la prestación de servicios financieros a más de 1.700 millones de personas que, según cálculos del Banco Mundial, no tienen acceso a la banca. Podría asimismo ayudar a ahorrar unos 110.000 millones de horas mediante la prestación de servicios agilizados de gobierno electrónico, incluidos servicios de protección social y transferencias de beneficios directos.

A efectos de entender la magnitud potencial de esos beneficios, analizamos unos 100 posibles usos de la identidad digital en siete economías diferentes: Brasil, China, Etiopía, India, Nigeria, Reino Unido y Estados Unidos. Al extrapolar la información a nivel mundial, encontramos que, entre las economías emergentes, el país promedio podría alcanzar un valor económico equivalente a 6% del PIB en 2030, en tanto que, en las economías maduras, el país promedio podría alcanzar un valor económico equivalente a un 3%, partiendo del supuesto, en ambos casos, que se produce un elevado nivel de adopción, acompañado de una infraestructura digital de apoyo.

Captar el valor de una buena identidad digital no es, de ninguna manera, algo certero o automático. Se necesita un sistema cuidadosamente diseñado y políticas gubernamentales bien concebidas para promover su uso, mitigar riesgos tales como los que se asocian con la recopilación a gran escala de datos personales o la exclusión sistemática, así como para ofrecer protección frente a los desafíos que encierra una posible tecnología de doble uso. Al igual que la energía nuclear y el GPS, la doble tecnología fue diseñada para bien, pero también puede aprovecharse con fines perjudiciales.

Las personas usarán la identidad digital si encierra valor, genera confianza y protege la privacidad. Las instituciones se verán atraídas por usos que reduzcan los costos, redunden en una mejor experiencia para los usuarios o, en el caso de las entidades públicas, mejoren el bienestar.

A medida que los programas de identidad digital aumenten, quienes formulan las políticas, los líderes empresariales y los organismos internacionales deben trabajar conjuntamente para lograr un mejor entendimiento de los riesgos y formular las normas y la gobernanza necesarias para mitigarlos.

Podría parecer un esfuerzo excesivo, pero bien valdrá la pena. Después de todo, la identidad digital podría ser la próxima frontera del crecimiento incluyente a nivel mundial.